Re-entrada: Volver

| |


© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda



Ayer hice un fugaz viaje a mi pueblo. Llevé a mi madre a visitar el cementerio en el día del que habría sido su 40º aniversario de bodas. Aunque no son fechas de encontrarse allí con grupos de vecinas, la escena de mi madre limpiando la lápida, así como la visita obligada a la prima Paula (si, casualmente también se llama Paula) precedida del inevitable “mamá, no te eternices”, me hicieron darme cuenta una vez más del hiperrealismo de Volver. En mi antiguo blog escribí varias veces sobre esa película, rescato las entradas por si alguien las quiere volver a leer (si no has visto la película, mejor no lo hagas).

Volver al principio
Escuchaba mi madre, mientras limpiaba, La rosa del azafrán, lo que me ha recordado el principio de Volver. Escuchando, como digo, el coro de las espigadoras, en seguida ha venido a mi mente ese magistral principio en el que, con lo que puede parecer un simple arrebato de folklore, Pedro Almodóvar captura al espectador con un soberbio mise en abyme con denominación de origen: El canto de la espigadora, que sufre espigando tras los segadores los mismos sudores que el hombre que siega y que trilla, adelanta la capacidad  de las mujeres de la película para desenvolverse solas. Espigando de los manojos, si es necesario, para salir adelante.
Lo dejo por hoy en esta reflexión sobre el principio, pero me creo una etiqueta porque volveré a Volver. (Rafa Simón dice, 19-3-2007)


© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda

Volviendo a la tele basura…
Ayer volví a ver Volver. Me fijé esta vez especialmente en la crítica a la programación basura (últimamente parezco estar un poco obsesionado con ese tema) contenida en la secuencia en que Agustina, a cambio de la financiación del tratamiento de su cáncer en Houston (“por lo visto allí lo curan todo”), accede a intervenir en el programa Donde quiera que estés a contar la historia de la desaparición de su madre y su relación con la muerte de los padres de Raimunda y Sole. Pero en el último momento se echa atrás.
Esta secuencia, como toda la película, está realizada dentro de un perfecto equilibrio entre comedia y drama. Sorprende y emociona la dignidad que Agustina, pese a su tímida entrada en plató ataviada como la mujer de pueblo que es, mantiene frente a la parafernalia televisiva y el paternalismo profesional del personaje encarnado por Yolanda Ramos. (Rafa Simón dice, 20-4-2007)


© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda

Volver vs. El sexto sentido
Hay algo que me sorprendió mucho de Volver. Yo fui de los que durante toda la película creyó que Irene era un fantasma, a pesar de que el guión no se esforzaba en demostrar tal cosa: “Mamá, tu estas aquí por que quieres algo de mi. —Si, quiero que me cortes el pelo.” Uno se engaña sólo, quizás porque conoce la filmografía de Almodóvar y sabe que un fantasma así entra dentro de lo posible. Conociendo la filmografía de Shyamalan, si embargo, lo único que uno espera es la traca final, por eso él tiene que jugar al engaño. Así en El sexto sentido ofrece al espectador pistas falsas de que el personaje de Bruce Willis esta vivo (por ejemplo, la cena con su mujer).
Shyamalan no te da la oportunidad de que descubras que su protagonista no es un fantasma, Almodóvar no deja de demostrarte que no lo es. Y si lo descubres no pasa nada, el final no lo es todo en una buena película. (Rafa Simón dice, 8-8-2007)


© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda

Un buen fin de semana III. Matiné
El sábado madrugué bastante, de modo que a media mañana había terminado de ayudar a mi madre en casa. Ella puso La casa de Bernarda Alba en DVD y yo me enganché irremediablemente a su ritmo teatral perfectamente adaptado al lenguaje cinematográfico por Mario Camus.
Quizás entusiasmado con la novelería de estar de matiné, quizás porque aún tenemos pendiente ese proyecto de cine club, o quizás porque sencillamente siempre tengo presente esa película, no pude por menos que pensar en que sería una magnífica idea hacer un programa doble: La casa de Bernarda AlbaVolver. Y para los que crean que se trata más de la tercera opción tengo varios argumentos que justifican el paralelismo:
Ambas películas -obra de teatro adaptada, la primera- cuentan historias protagonizadas por mujeres (esto nada más ya sería suficiente para que las pasaran juntas en algún acto del próximo 8 de marzo, incluso en sesión triple junto con Las chicas de la Cruz Roja). Los hombres no son más que figurantes relegados a poco más que una foto en una lápida, un recuerdo, un comentario (magistral, por cierto, cómo el montaje de Camus no permite a la vista retener la imagen de ninguno).
Ambas son un fiel reflejo costumbrista de nuestra cultura de la muerte, con planos casi idénticos de mujeres rezando y hombres en el patio.
Ambas analizan relaciones matriarcales: entre hermanas, entre madres e hijas, entre nietas y abuelas. Abuelas que vienen desde otro mundo.
Ambas son en definitiva ficción, realidad, vida, muerte, mujeres. Ambas son Lorca y Alomodóvar.
¿Se apunta alguien a la sesión doble? (Rafa Simón dice, 13-2-2008)


© Paola Ardizzoni y Emilio Pereda

Comentarios

Deja un comentario