R.E. Raspe – Las aventuras del Barón de Muchaussen

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Imaginaos, pues, el horror de mi situación: por detrás, el león; por delante, el cocodrilo; a la izquierda un río rápido; a la derecha un precipicio, frecuentado, como supe después, por serpientes venenosas.
Aturdido, estupefacto ante tan horroroso como inminente peligro, caí en tierra; y el mismo Hércules, con su maza y todo, hubiera hecho lo mismo.
El único pensamiento que ocupaba ya mi espíritu fue esperar el terrible momento en que sentiría la presión de los dientes del león furioso, o de las mandíbulas del cocodrilo. Pero al cabo de algunos segundos oí un violento y extraño ruido, aunque yo no sintiera ningún dolor.
Levanto furtivamente la cabeza y veo con grata sorpresa que, impelido el león por el mismo arranque con que se había lanzado hacia mí, había penetrado de suyo y sin poderse refrenar en las abiertas fauces del cocodrilo, y en vano se esforzaba por sacar la cabeza de aquella dentada sima.

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