L. Carroll – Alicia en el País de las Maravillas

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–Y éstos ¿quiénes son? –preguntaba imperiosamente la Reina, señalando a los tres jardineros, que yacían junto al rosal. Al estar boca abajo solamente les veía el dorso, que tenía el mismo dibujo en todas las cartas, de manera que la Reina no podía saber si se trataba de jardineros, de soldados, de cortesanos o incluso de sus propios hijos.
–¿Y a mí qué me cuenta? –dijo Alicia, asombrada de su propio atrevimiento–. ¡Ese no es asunto mío!
Esto encolerizó de tal modo a la Reina, que se puso roja como un tomate y después de atravesarla con una mirada de bestia salvaje, comenzó a gritar desaforadamente:
–¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten la…!
–¡Tonterías! –exclamó Alicia, atajándola con voz firme y decidida. La Reina se quedó sin habla.

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