Cuando los prejuicios son un escudo

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Hace algo más de un mes, apareció en el diario Granada Hoy un artículo titulado El escudo de Granada hizo el ridículo. Alertado por el título me dispuse a leerlo, descubriendo pronto que no hablaba del escudo de Granada –ni del municipal ni del provincial– sino de la marca que en 1993 diseñó Juan Carlos Lazúen para su Ayuntamiento. El artículo empezaba, pues, incurriendo en un error bastante común: el de confundir el logotipo de una institución con el escudo de una ciudad.
Pero no ha sido este error –como digo, bastante común y hasta cierto punto comprensible– lo que me ha movido a escribir esta respuesta (que habría preferido publicar en el propio periódico), sino el tono despectivo con el que el autor se refería al proceso de diseño que había dado como resultado aquel símbolo ya desaparecido.
No es ésta la primera vez que leo u oigo este tipo de comentarios que caricaturizan a los diseñadores haciéndonos aparecer como seres frívolos, a menudo caraduras, que pretendemos cambiar las cosas porque sí, porque simplemente no nos gustan, porque somos así de modernos y porque, además, nos llevamos una pasta. No niego que habrá quien se haga llamar diseñador y se comporte de esa manera, pero la mayoría de los que nos dedicamos a esta profesión somos, eso, profesionales.

El diseño gráfico es una disciplina técnica que trata de dar, de manera rigurosa, soluciones a problemas de comunicación visual, problemas de los que nuestras instituciones públicas no están a salvo, sino más bien todo lo contrario. A los diseñadores gráficos, además, no sólo no nos gusta saltarnos a la torera las normas básicas de la heráldica, sino que es una disciplina que conocemos, hemos estudiado y analizado, y admiramos probablemente más que algunos de sus defensores a ultranza, que se quedan encandilados por el oropel y no alcanzan a ver la belleza de su síntesis simbólica. Sin ir más lejos, tenemos en Granada a Nano Torres, un joven y prometedor diseñador que, junto a Romualdo Faura, ha desarrollado el proyecto Heraldo, en el que rediseñan los elementos gráficos básicos de la heráldica española.

Yo, por mi parte, soy también responsable de la simplificación de un escudo, el provincial. Una simplificación que derivó en el recientemente desaparecido símbolo de la Diputación de Granada. Y, sí, eliminé leones y castillos, así como otros adornos; lo hice antes de que impresoras, matasellos y fotocopiadoras lo hicieran de mala manera, y fue uno de los motivos por el que mi trabajo resultó elegido. La cuestión ahora es si el despilfarro lo llevó a cabo el equipo de gobierno que decidió invertir en dotar a la institución de una imagen acorde a las necesidades comunicativas actuales o el que ha decidido cargarse de un plumazo siete años de implantación para dar un paso atrás y volver a colocar sobre el edificio un escudo cuyos elementos pueden distinguirse a duras penas desde el suelo.

Algo parecido debió sucederle al logotipo de Lazúen, porque aunque no conozco de cerca el caso (igual que ignoro los motivos por los que se desentierra ahora una historia de hace casi veinte años) es de suponer que la desorbitada cuantía económica a la que el señor Delgado se refería en su artículo contemplaba algo más que el diseño de la marca, seguramente un pormenorizado manual de normas de uso en el que –me atrevería a apostar– se contemplaba también el uso del escudo municipal en actos y documentos protocolarios. Porque a poco que se paren a pensar, coincidirán conmigo en que el escudo que encierra un resumen de los momentos más relevantes de la historia granadina, un escudo en el que aparece la figura de los Reyes Católicos, un escudo coronado y rodeado de una filacteria, no debería presidir los contenedores de basura de una ciudad; por muy noble, muy leal, nombrada, grande, celebérrima y heroica que ésta sea.

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